“¿Cómo se escribe la historia?”, le
pregunté una vez a Arragon, el historiador. “Lo tienes que
inventar”, me contestó. Cuando quiero hablar, como ahora, de los
incidentes críticos, personas y eventos que han influido en mi vida
y mi trabajo, la respuesta es que todos los incidentes fueron
críticos, toda la gente me influyó, todo lo que pasó y está pasando me
influye.
Mi padre fue inventor. Era capaz de hallar soluciones para
problemas de varias clases, en el campo de la ingeniería eléctrica,
medicina, viajes submarinos, visión en la niebla y viajes en el
espacio sin uso de combustible. Él me dijo que si alguien decía “no se
puede”, eso te indicaba lo que había que hacer. Me dijo también que
mi madre siempre tenía razón aunque estuviera equivocada.
Mi madre tenía sentido social. Fue la fundadora del Lincoln Study
Club, primero en Detroit, luego en Los Angeles. Se convirtió en la
editora del Club de las mujeres de Los Angeles Times. Nunca
fue feliz. Cuando, después de morir mi padre, le dije “¿Por qué no
visitas a tu familia de Los Angeles? Pasarás un buen rato”, me
contestó: “sabes perfectamente que nunca me han gustado los buenos
ratos.” Cuando salíamos de paseo algún domingo, siempre se lamentaba
de no haber comprado esto o aquello. Algunas veces abandonaba la
casa y decía que jamás volvería. Mi padre era paciente y desvanecía mi
alarma: “No te preocupes, volverá pronto.”
Ninguno de mis padres fue a la universidad. Cuando yo fui, la
abandoné a los dos años. Pensaba que sería escritor y les dije que
necesitabair a Europa a tener experiencias en vez de seguir en la
escuela. Me había alarmado ver a un centenar de mis compañeros
leyendo ejemplares del mismo libro en la biblioteca. En lugar de hacer
lo mismo, me dirigí a las estanterías y leí el primer libro que
encontré de un autor cuyo nombré comenzaba con z. Recibí la más alta
calificación de mi grupo. Eso me convenció de que la institución
no estaba bien orientada.
En Europa, después de que José Pijoan me diera una patada en el trasero
por mi estudio de la florida arquitectura gótica y me presentara a
un arquitecto moderno que me puso a dibujar capiteles griegos,
dóricos, jónicos y corintios, comencé a interesarme en la música
moderna y en la pintura moderna. Un día oí casualmente al
arquitecto decirle a unas amigas: “Para ser buen arquitecto, debe uno
dedicarle la vida a la arquitectura.” Entonces me acerqué a él y le
dije que me iba pues estaba interesado en otras cosas además de la
arquitectura. En ese momento estaba leyendo The leaves of grass
de Walt Whitman. Mi entusiasmopor Norteamérica me hizo escribirle a
mi madre, “Regreso a casa.” Mi madre me escribió en respuesta: “No seas
tonto. Quédate en Europa tanto como te sea posible. Empápate de toda
la belleza que puedas.” Al dejar París, comencé a pintar y a escribir
música, primero en Mallorca. La música que escribí estaba compuesta de
un modo matemático que ya no recuerdo. No me parecía música, de modo
que cuando salí de Mallorca la dejé atrás para aligerar el peso de mi
maleta. En Sevilla, en una esquina, percibí la multiplicidad de
eventos visuales y auditivos simultáneos unidos en una sola
experiencia placentera. Para mí fue el comienzo del teatro y el
circo.
Más tarde, cuando regresé a California, a Pacific Palisades, escribí
algunas canciones con textos de Gertrude Stein y coros de Los persas,
de Esquilo. Yo había estudiado griego en la preparatoria. Estas
composiciones fueron improvisadas en el piano. Las canciones de
Stein eran, por decirlo así, transcripciones de un lenguaje
repetitivo a una música repetitiva. Conocí a Richard Buhlig quien
fue el primer pianista en tocar Opus 11 de Schoenberg. Aunque
él no era maestro de composición,aceptó hacerse cargo de mi
escrituramusical. Después fui con Henry Cowelly, a sugerencia
suya (basadaen mis composiciones de veinticinco tonos, los cuales,
aunque no seriales, eran cromáticos y requerían la expresión en una
voz única de los veinticinco tonos antes de que cualquiera de ellos
fuese repetido), con Adolph Weiss como preparación para estudiar con
Arnold Schoenbrg. Cuando le pedí a Schoenberg que me enseñara me dijo:
“No creo que puedas permitirte lo que cobro.” “Ni lo diga–le
contesté–, no tengo dinero.” Me dijo: “¿Le dedicarás tu vida a la
música?” Esta vez dije “sí.” Me dijo que no me cobraría sus enseñanzas.
Dejé la pintura y me concentré en la música. Después de dos años,
fue evidente para los dos que yo no tenía sentido para la armonía.
Para Schoenberg, la armonía no sólo era colorística: era
estructural. Es el medio para distinguir una parte de la
composición de otra. Por lo tanto, dijo, yo nunca sería capaz de
escribir música. “¿Por qué no?” “Te enfrentarás a una pared y serás
incapaz de atravesarla.” “Entonces pasaré mi vida golpeándola con la
cabeza.”
Me convertí en asistente de Oskar Fischinger, el cineasta,
preparándome para escribir la música de una de sus películas. Un día
me dijo: “todo en el mundo tiene su propio espíritu, el cual puede ser
liberado poniéndolo a vibrar.” Comencé a golpear, a frotar todo,
escuchando y luego escribiendo música de percusión y tocándola con
amigos. Estas composiciones estaban hechas de pequeños motivos
expresados como sonidos o como silencios de la misma extensión,
motivos que eran colocados en el perímetro de un círculo al cual uno
podía entrar o salir. Escribía sin especificar los instrumentos,
probándola con instrumentos encontrados o rentados. No renté
muchos pues no tenía dinero. Hacía trabajos de investigación en las
bibliotecas para mi padre o para abogados. Me casé con Xenia
Andreyevna Kashevaroff, quien estaba estudiando encuadernación con
Hazel Dreis. Como vivíamos en una casa grande, mi música de percusión
era tocada en las noches por los encuadernadores. Invité a Schoenberg a
una de las veladas. “No tengo tiempo.” “¿Puede venir la próxima
semana? “No, no tengo tiempo nunca.”
Encontré, sin embargo, a bailarines, a bailarines modernosque
estaban interesados en mi música y podían utilizarla. Mi dieron
empleo en la Cornish School de Seattle. Fue ahí donde descubrí lo que
llamé estructura rítmica micromacrocósmica. Las partes más largas
de una composición guardan la misma proporción que las frases de una
sola unidad. Así, una pieza completa tiene el número de medidas que
tiene un pie cuadrado. Esta estructura rítmica podía ser expresada
con cualquier sonido, incluyendo ruidos, o podía ser expresada en la
danza no con sonido y silencio sino con quietud y movimiento. Era mi
respuesta a la armonía estructural de Schoenberg. Fue también en la
Cornish School donde tomé conciencia del budismo zen, el cual más
tarde, como parte de la filosofía oriental, ocupó para mí el lugar del
psicoanálisis. Estaba confundido en mi vida privada,y en mi vida
pública, como compositor. No podía aceptar la idea académica de que
el propósito de la música era la comunicación, pues noté que, cuando
conscientemente escribía algo triste, el público y los críticos
estaban a menudo dispuestos a reír. Decidí dejar la composición a
menos que pudiera encontrar una razón para hacerla mejor que la
comunicación. Encontré la respuesta en Gira Sarabhai, un cantante y
tocador de tabla indio: el propósito de la música es calmar y
aquietar la mente, haciéndola susceptible a la influencia
divina. También encontré en los escritos de Ananda K. Coomaraswammy
que la responsabilidad del artista es imitar las formas de
operación de la naturaleza. Me sentí menos confundido y volví al
trabajo.
Antes de dejar la Cornish School hice el piano modificado.
Necesitaba instrumentos de percusión para una danza de Sybilla Fort,
que tenía un personaje africano. Pero el teatro en el que iba a
bailar no tenía alas ni foso. Había sólo un pequeño piano de cola
situado al frente y a la izquierda del público. En ese tiempo yo
escribía música dodecafónica para piano o música para percusión. No
había espacio para los instrumentos. No podía encontrar uno africano
dodecafónico. Finalmente caí en la cuenta de que tenía que
modificar el piano. Lo hice colocando objetos entre las cuerdas. El
piano se transformó en una orquesta de percusión con el volumen,
digamos, de un clavicordio.
También fue en la Cornish School, en su estación de radio, donde hice
composiciones usando sonidos acústicos mezclados con pequeños
sonidos amplificados y grabándolos en ondas sinusoides. Comencé
una serie: Imaginarylandscapes.
Pasé dos años tratando de establecer un centro para música
experimental en un colegio o en una universidad, o patrocinado
por alguna corporación. Aunque encontré interés en mi trabajo no
encontré a nadie dispuesto a apoyarlo financieramente.
Me uní a la Facultad de Diseño en Chicago. Mientras estuve ahí me encargaron que escribiera la música para una obra de la CBS.
El ingeniero de sonido me dijo que todo lo que pudiera imaginar era
posible. Lo que imaginé, sin embargo, era impráctico o demasiado
caro; el trabajo tenía que ser reescrito para orquesta de percusión,
reproducido y ensayado en los pocos días y noches que quedaban antes
de su trasmisión. La obra era The city wears a slouch hat de
Kenneth Patchen. La respuesta fue entusiasta en el Oeste y el Medio
Oeste. Xenia y yo fuimos a Nueva York, pero la respuesta en el Este fue
menos entusiasta. Habíamos conocido a Max Ernst en Chicago. Nos
quedamos con él y Peggy Guggenheim. No teníamos ni un centavo. No
conseguí el trabajo que me había propuesto comocompositor de
efectos de sonido para la radio. Comencé a escribir nuevamente para
danza moderna y a hacer investigación bibliográfica para mi padre,
quien estaba en New Jersey con mi madre. En esta época conocí a mis
primeros virtuosi: Robert Fizdale y Arthur Gold. Escribí dos
obras extensas para pianos modificados. La crítica de Virgil
Thomson fue muy favorable, tanto para la ejecución como para mi
composición. Pero el público sólo fue de cincuenta personas. Perdí
mucho dinero que no tenía. Tuve que mendingarlo, por carta o
personalmente. Continué organizando cada año, sin embargo, una o
dos programas para música de cámara y uno o dos programas para
coreografía y danza de Merce Cunningham. E hice giras con él por los
Estados Unidos. Y más tarde con David Tudor, el pianista, por Europa.
Tudor es ahora compositor y ejecutante de música electrónica.
Durante muchos años él y yo fuimos músicos de Merce Cunningham. Y
luego, durante muchos otros, tuve la ayuda de David Behrman, Gordon
Mumma o de Takehisa Kosugi. En estos últimos años tuve que dejar la
Compañía Cunningham para realizar otros proyectos (una ópera en
Frankfurt y las Norton Lectures en la Universidad de Harvard).
Sus músicos son ahora Tudor, Kosugi y el percusionista Michael
Pugliese.
Recientemente recibí el pedido de un texto sobre la relación del
budismo zen y mi trabajo. En vez de reescribirlo voy a insertarlo en
este relato. Lo titulé From where’m’now. Repite algunas cosas que he escrito más arriba y otras que están más abajo.
Cuando era joven y aún escribía música no estructurada, si bien
metódica y no improvisada, uno de mis maestros, Adolph Weiss, se
quejaba de que apenas comenzaba yo una pieza cuando ya la llevaba
al final. Creaba el silencio. Yo era el suelo, por decirlo así, en el
cual el vacío podía crecer.
En la universidad había desechado la idea que tenía en la
preparatoria de dedicar mi vida a la religión. Pero después de dejar
los estudios y viajar a Europa comencé a interesarme en la música
moderna y la pintura, escuchando, mirando y haciendo. Finalmente me
dediqué a escribir música, la cual, veinte años después, al hacerse
gráfica, me regresó de tanto en tanto,durante breves periodos, a la
pintura (impresiones, dibujos, acuarelas, vestuario y decorados
para Europeras1&2).
A finales de los años treinta escuché una conferencia de Nancy
Wilson Ross sobre Dada y zen. Lo menciono en mi introducción a Silence
agregando que no quería que se culpara al zen por mi obra, aunque
creo que el zen cambia con el tiempo y con los lugares, y no estoy
seguro en qué se ha convertido aquí y ahora. Como sea, me ha dado
placer, recientemente mediante al libro de Stephen Addis, The art of zen.
Tuve la suerte,a finales de los años cuarenta, de asistir en la
Universidad de Columbia a las clases de Daisetz Suzuki sobre la
filosofía del budismo zen. Y lo visité dos ocasiones en Japón. Nunca
había practicado sentarme con las piernas cruzadas y meditar. Mi
obra es lo que hago y siempre involucra material de escritura,
sillas y mesas. Antes de empezar, hago algunos ejercicios para mi
espalda y riego las plantas, de las que tengo unas doscientas.
A finales de los cuarenta descubrí, mediante un experimento (en la
cámara anecoide de la Universidad de Harvard), que el silencio no
es acústico. Fue un cambio mental, un gran cambio. Le dediqué mi
música. Mi música se convirtió en una exploración de la no-intención.
Para llevarlo a cabo fielmente desarrollé un complicado medio de
composición empleando operaciones casuales del I Ching, siendo mi
responsabilidad la de hacer preguntas en lugar de tomar
decisiones.
Los textos budistas a los que retorno a menudo son Huang-Po doctrine of universal mind (en la traducción de Chu Ch’an’s publicado por la London Buddhist Society en 1947), Neti Neti, de L. C. Beckett, del cual mi vida (como digo en la introducción a mis Norton lectures de Harvard) podría ser tomada como una ilustración, y Ten Oxherding Pictures
(en la versión que termina con el retorno al pueblo, cargado de
regalos, de un sonriente y pesado monje, el cual ha experimentado
la nada). Además de budismo, antes había leído el Gospel de
Sri Ramakrishna. Ramakrishna fue quien dijo que todas las religiones
son iguales, como un lago al que las personas sedientas llegan desde
varias direcciones y llaman al agua con diferentes nombres. Además
esa agua tiene diferentes sabores. El sabor del zenviene, para mí, de
la mezcla del humor, intransigencia y desapego. Me hace pensar en
Marcel Duchamp, aunque él agregaría el erotismo.
Como parte de las fuentes para mis conferencias en Harvard, pensé en
los textos budistas. Recuerdo haber oído que un filósofo indio era
sumamente intransigente. Le pregunté a Dick Higgins: “¿Quién es ese
Malevich de la filosofía budista?” Él rió. Al leer Emptiness, a study in religious meaning, de Frederick J. Streng, lo supe. Era Nagarjuna.
Pero como terminé de escribir las conferencias antes de saberlo, incluí, en vez de Nagarjuna, a Ludwig Wittgenstein, el Tratactus sometido a operaciones casuales. Y hay otro buen libro, Wittgenstein y el budismo, de Chris Gudmunsen, el cual leeré de vez en cuando en el futuro.
Mi música emplea ahora intervalos de tiempo, flexibles en
ocasiones, otras no. No hay puntuación ni relaciones fijas entre las
partes. A veces las partes están escritas en su totalidad, otras no.
El título de mis Norton lectures es una referencia de unaversiónpuesta al día de Composition in retrospect:
MétodoEstructuraIntenciónDisciplinaNotaciónIndeterminación
InterpretaciónImitaciónDevociónCircunstanciasEstructura variable
IncomprensiónContingenciaInconsistenciaEjecución (I-VII).
Cuando fue publicado, por razones comerciales, se le llamó sólo IVI.
Encontréque la extensa comunidad alemana de Black Mountain
College desconocía la música de Satie. Por ello, mientras enseñaba
ahí, y no teniendo alumnos un verano, organicé un festival de su
música, conciertos de media hora después de la cena con palabras
introductorias. Y a mitad del festival programé una conferencia
que oponía Satie a Beethoven y revelaba que Satie, no Beethoven,
tenía razón. Buckminster Fuller fue el Baron Méduse en una
representación de Le piège de Méduse. Ese verano Fuller
construyó su primer domo, el cual se colapsó de inmediato. Estaba
feliz. “Sólo aprendo cuando tengo fracasos.” Su frase me hizo pensar
en papá. Es lo que mi papá habría dicho.
Fue en el Black Mountain College donde hice lo que a veces se considera el primer happening.
El público se sentó en cuatro secciones triangulares isométricas,
los ápices tocaban un pequeño cuadro del área de actuación que tenían
enfrente y que conducía por los pasillos entre ellos al área más
amplia de actuación que los rodeaba. Diferentes actividades tenían
lugar–danza de Merce Cunningham, exhibición de pinturas, Robert
Rauschenberg tocando la victrola, Charles Olsen leyendo su poesía o M.
C. Richards la suya, desde lo alto de una escalera fuera del público,
David Tudor tocando el piano– mientras yo, por mi parte,desde lo alto
de otra escalera fuera del público, leía una conferencia que incluía
silencios.Todo tenía lugar en periodos casualmente determinados
durante el tiempo de mi lectura. Más tarde, en ese verano, me sentí
feliz al ver en la primera sinagoga de Estados Unidos en New Port,
Rhode Island, que la congregación se sentaba en la misma forma,
viéndose a sí misma.
De Rhode Island me fui a Cambridge y en la cámara anecoide escuché que
el silencio no era la ausencia de sonido sino el involuntario
funcionamiento de mi sistema nervioso y la circulación de mi
sangre. Fue esta experiencia y las pinturas blancas de
Rauschenberg lo que me llevó a componer 4’33’’, que había descrito en
una conferencia en Vassar College algunos años antes cuando estaba
en la euforia de mis estudios con Susuki (A composer’s confessions, 1948), mi pieza silenciosa.
A principios de los cincuenta, con David Tudor y Louis y Bebe
Barron, hice varios trabajos en cinta magnética, obras de
Christian Wolf, Morton Feldman, Earle Brown y mías. Así como mi idea
de estructura rítmica seguía la armonía estructural de Schoenberg, y
mi pieza silenciosa las pinturas blancas de Robert Rauschenberg,
así mi música de los cambios, compuesta mediante operaciones
fortuitas del I Ching, seguían la música gráfica de Morton
Feldman, música escrita sólo con números para cualquier tono, tonos
anotados sólo como altos, medios o bajos. No de inmediato, sino unos
años después, me iba a mover de la estructura al proceso, de la música
como un objeto con partes, a la música sin comienzo, final o
intermedio, música como clima. En nuestras colaboraciones, las
coreografías de Merce Cunningham no eran apoyadas por mis
acompañamientos musicales. La música y la danza eran
independientes, pero coexistentes.
Fue en los cincuentacuando dejé la ciudad y me fui al campo. Ahí
encontré a Guy Nearing, quien me guio en mis estudios de los hongos y
otras plantas comestibles.Tres amigos y yo fundamos la New York
Mycological Society. Nearing nos ayudó también con los líquenes,
acerca de los cuales había escrito y publicado un libro. Cuando el
clima era seco y no había hongo, ocupábamos nuestro tiempo con los
líquenes. En los años sesenta comenzó la publicación de misescritos y
mi música. Cualquier cosa que hagamos en la sociedadessusceptible
de ser utilizada. Una experiencia que tuve en Hawaii condujo mi
atención al trabajo de Buckminster Fuller y al de Marshall McLuhan.
Sobre el túnel que conecta la parte sur de Oahu con la parte norte hay
unas almenas alineadas en lo alto de la montaña como un castillo
medieval. Cuando pregunté sobre ellas me dijeron que habían sido
empleadas para protegerse mientras lanzaban flechas envenenadas
a los enemigos de más abajo. Ahora ambas partes comparten las
mismas instalaciones. Apenas hace poco más de un siglo la isla era
un campo de batalla dividido por una cordillera. El mapamundi de
Fuller muestra que vivimos en una sola isla. La aldea mundial
[McLuhan], La tierra, nave espacial, conforman una ecuación entre las
necesidades humanas y los recursos del planeta [Fuller]. Comencé mi
Diario: ¿Cómo mejorar el mundo?: Sólo lograrás que las cosas empeoren. Mi madre me dijo: “¡Cómo te atreves!”
No sé cuándo empezó. Pero fue en el ático de Edwin Denby, en 21 Street,
que escribí mi primer mesóstico. Se trataba de un párrafo en el que
las letras de su título se reproducíanen mayúsculas en el cuerpo del
texto. Desde entonces los he escrito como poemas, con las mayúsculas
bajando por el medio, para celebrar cualquier cosa, apoyar cualquier
cosa, para responder preguntas, para iniciar mi pensamiento en el
no pensamiento (Themes and variations es el primero de una
serie de trabajos mesósticos: para encontrar una forma de escribir
sobre eso, pues aunque proveniente de ideas, no trataba de ellas, las
producía). He encontrado una variedad de formas de escribir
mosósticos: por medio de una fuente, de Rengas (una mezcla de
fuentes mesósticas);autokus, mesósticos limitados a las
palabras del mesóstico mismo, y “globales”, permitiendo que las
palabras vengan de aquí y de allá por medio de operaciones al azar en
un texto fuente.
Irwin Hollander me invitó a hacer litografías. En realidad fue una
idea de Alice Weston. Duchamp había muerto. Se me pidió que dijera algo
sobre él. A Jaspers Johnson le pidieron lo mismo. Él contestó: “No
quiero decir nada sobre Marcel.” Hice No quiero decir nada sobre Marcel:
ocho plexigramas y dos litografías. Si eso respondía o no a la
invitación no lo sabía. Fui invitado por Kathan Brown a la Crown Point
Press, entonces en Oakland California, a hacer grabados. Acepté la
invitación porque años antes no acepté una de Gira Sarabhai a caminar
por los Himalayas. Tenía otra cosa que hacer. Cuando yo tenía tiempo,
ella no lo tenía. La caminata nunca tuvo lugar. Siempre me arrepentí
de eso. Iba a ser en elefantes. Habría sido inolvidable.
Desde entonces, cada año he trabajado una o dos veces en la Crown
Point Press. Grabados. Una vez Kathan Brown dijo: “No basta con que te
sientes ahí y pintes.” Ahora lo hago. Dibujos junto a piedras, piedras
colocadas en cuadrículas en puntos elegidos al azar. Estos dibujos
han sido también notaciones musicales: Renga, Score and twenty-three parts y Ryoanji
(pero dibujando de izquierda a derecha, en parte alrededor de una
piedra). Ray Kass, un artista que enseña acuarela en el Virginia
Politechnic Institute y en la universidad del estado, se interesó
en mi obra gráfica con operaciones al azar. Con su ayuda y la de
estudiantes que él enlistó, hice 52 acuarelas. Y ellas me llevaron a
aguatintas, pinceles, ácidos y su combinación con fuego, humo y
piedras con grabados.
Estas experiencias,en un caso me hicieron componer música del modo que
había encontrado para hacer una serie de impresiones llamadas On the surface.
Descubrí que una línea horizontal que determina cambios
gráficos tiene que convertirse en una en línea vertical en la
notación musical. (Thirty pieces for five orchestras). Tiempo en lugar de espacio.
Invitado por Heinz Klaus Metzger y Rainer Riehnhice, con la asistencia de Andrew Culver,Europeras 1&2
para la Ópera de Frankfurt. Éstas teníanla independencia,y
coexistencia, de la música y la danza con la que Cunningham y yo
estábamos familiarizados, todos los elementos del teatro,
incluyendo la luz, los programas impresos, decorados,
guardarropa, vestuario y cambio de escenarios.
Hace once o doce años comencé los Freeman etudes para violín solo. En cuanto a los Etudes australes
para piano, sólo quería hacer la música tan difícil como fuera
posible de tal forma que la ejecución mostrara que lo imposible no
es imposible y escribir 32 de ellas. Las notas escritas hasta ahora
muestran, sin embargo, que hay demasiadas notas que tocar. Durante
años pensé que tenían que ser sintetizadas, lo que no quería hacer.
Por lo tanto, la obra sigue inconclusa. A principios del verano
(del 88), Irvine Arditti tocó las primeras dieciséis en 56 minutos y
después a finales de noviembre las mismas piezas en 46 minutos. Le
pregunté por qué había tocado tan rápido. “Eso –me contestó–es lo que
dices en el prefacio: tóquese tan rápido como sea posible.” Supe, en
consecuencia, cómo finalizar los Freeman etudes, un
trabajo que espero completar este año o el próximo. Donde haya
muchas notas indicaré: “Tóquense tantas como sea posible.”
Al pensar en la orquesta no sólo integrada por músicos sino por
personas, he establecido diferentes relaciones de persona a
persona en diferentes piezas. En Etcetera, comenzando con la
orquesta como solistas, dejándolas de tanto en tanto servir
voluntariamente a alguno de los tres conductores. En Etcetera 2/4 orchestras
comenzando con cuatro conductores, dejando de tanto en tanto a los
miembros de la orquesta dejar el grupo y tocar como solistas. En Atlas eclipticalis y Concert forpiano and orchestra el conductor no es un agente gobernante, sino un instrumento que da el tiempo. En Quarters
no más de cuatro músicos tocan a la vez, con cuatro cambiando
constantemente. Cada músico es un solista. Para llevar a la sociedad
orquestal la devoción a la música que caracteriza a la música de
cámara. Construir una sociedad uno por uno. Llevar la música de cámara
al tamaño de una orquesta. Music for ______. He escrito hasta
el momento dieciocho partes, cada una de las cuales puede tocarse junto
u omitirse. Pausas flexibles. Estructura variable. Una música, por
decirlo así, a prueba de sismos. Otra serie sin una idea subyacente
es el grupo que comienza con Two, seguido por One, Five, Seven, Twenty-three, 101, Four, Two, One, Three, Fourteen y Seven.
Para cada uno de estos trabajos he buscado algo que todavía no
encuentro. Mi música favorita es la que todavía no escucho. No oigo la
música que he escrito. Escribo para escuchar la música que no he oído.
Vivimos en un tiempo en que mucha gente ha cambiado sus ideas sobre
la utilidad de la música o la que para ella podría tener. Algo que no
habla o charla como ser humano, algo cuya definición no está en el
diccionario o su teoría en las escuelas, que se expresa a sí misma
simplemente mediante sus vibraciones. Gente poniendo atención a las
vibraciones, sin relación con una idea de la interpretación ideal,
sino poniendo atención a lo que sucede cada vez, sin que
necesariamente sea lo mismo dos veces. Una música que transporta al
oyente al momento en el que está.
Apenas el otro día recibí un pedido de Enzo Peruccio, editor de música de Turín. Le contesté lo siguiente.
Se me pidió que escribiera un prefacio para este libro, el cual
está escrito en un lenguaje que no utilizo para leer. Este prefacio
por lo tanto no es al libro, sino al tema del libro: la percusión.
La percusión está abierta completamente. La abertura ni siquiera
tiene final. No tiene final. No es como las cuerdas, los vientos, las
percusiones (estoy pensando en otras secciones de la orquesta),
aunque cuando escapa de la armonía puede darles una o dos lecciones.
Si no estás oyendo música, la percusión se ejemplifica por el sonido
que oyes dentro o fuera de la casa, de la ciudad. ¿Del planeta?
Toma cualquier parte del libro y ve al final. Te descubrirás pensando
en el siguiente paso que tomará en esa dirección. Tal vez
necesitarás nuevo material, nuevas tecnologías. Las tienes. Estás
en el mundo de X, del caos, de la nueva ciencia.
Las cuerdas, los vientos, las percusiones, saben más sobre música de
lo que saben del sonido. Para estudiar el sonido deben ir a la escuela
de la percusión. Ahí descubrirán el silencio, un modo de cambiar
nuestra mentalidad, y aspectos del tiempo que no han sido aún
puestos en práctica. La historia musical europea comenzó su
estudio (con el motete isorrítmico) pero fue hecho de lado por la
teoría de la armonía. La armonía, gracia a un compositor de
percusión, Edgar Varèse, es llevado a un nuevo final abierto por
Tenney, James Tenney. Lo llamé el pasado diciembre después de
escuchar en Miami su nueva obray le dije: “Si eso es armonía, retiro
todo lo que he dicho antes; estoy totalmente con ella.” El espíritu de
la percusión abre todo, incluso aquelloque, por decirlo así, estaba
completamente cerrado.
Podría continuar (dos instrumentos de percusión del mismo tipo no
son más parecidos que dos personas que tienen el mismo nombre) pero
no quiero malgastar el tiempo del lector. Abre este libro y todas las
puertas doquiera que las encuentres. La vida no tiene final. Y este
libro muestra que la música es parte de ella.
DECLARACIÓN AUTOBIOGRÁFICA (1989)
PABLO DEMA ( GENERAL CABRERA,CÓRDOBA,1979 )
Hace 6 años
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