miércoles, 17 de septiembre de 2014

Una poética de las sombras




 

“Mi reino está en mi sombra…”
Olga Orozco


Pensar la obra de un poeta desde su contemporaneidad es un acto que aspira a poner en paralelo una lectura crítica al desarrollo vivo de la poesía como dos discursos que dialogan en tiempo real, surcados por los mismos vientos y preocupaciones. Ese diálogo es, justamente, una pequeña ventana a la comprensión de nuestro tiempo. Ni uno ni otro discurso resulta complementario; al igual que las glosas medievales, la crítica es parte del texto total que leeremos en el futuro, en este caso, como “poesía argentina de los siglo XX y XXI”.
La poesía de Alejandro Schmidt es una de las obras más llamativas de los últimos tiempos. Iniciada en 1983 con Clave menor y desarrollada a lo largo de los años con la publicación de más de cuarenta títulos, y una vida dedicada a la difusión de otros autores, resulta ineludible para pensar la poesía argentina desde la recuperación de la democracia hasta el presente.
El poeta –de quien hablaremos poco- nació en Villa María, Córdoba, en 1955. Desde 1982, fundó y dirigió revistas como Luna QuemadaHuérfanosEl Gran Dragón Rojo y La Mujer Vestida de Sol. Entre 1990 y 2007 dirigió la Editorial Radamanto, que editó plaquetas, folletos y libros dedicados a la poesía argentina, y la colección de carpetas Alguien Llama. Fue traducido a varios idiomas e integra numerosas antologías en diferentes países. En 2013, la editorial Nudista publicó una “Antología existencial” de su obra, bajo el título Romper la vida.
Yendo a contracorriente de las modas literarias, de las gracias de la política oficial y de las exigencias del mercado ha ido edificando un reino propio, un reino en la sombra (como escribiera Orozco).
Una filosofía propia (no de Schmidt sino del conjunto de sus poemas) va construyéndose en la lectura. El alma, el diablo, los demonios, los monstruos, los perros, el lobo, el ángel, la rosa, la luz, dios, los muertos, son puntos de una constelación única. “Qué desastre / vivir”, dice en “Días cumplidos” del poemario Mi metafísica (2012); el “desastre” cuya etimología refiere a la disgregación del astro, un mal augurio en la antigua astronomía, el estallido del dios y su dispersión entre las cosas. Encontrar los fragmentos del “desastre” es la tarea del lector. Una tarea que exige más que anudar palabras y transitar imágenes.
No resulta fácil trazar analogías con el cuerpo de la cultura: no hay objetos sino símbolos, no hay motivos ni figuras tradicionales sino monstruos, demonios y ángeles de lo inconsciente. Leer a Schmidt es pactar con las sombras, porque la “verdad de lo evidente”, como se titula uno de sus poemarios, es una verdad reducida, que no alcanza a completar los laberintos del alma.
Entre las referencias de lecturas que Alejandro Schmidt ha señalado en diversas entrevistas se destaca la figura de Enrique Molina. Ambos poetas comparten la concepción de la poesía como “una forma de vida” y como una experiencia del lenguaje que trasciende al materialismo del poema como artefacto del consumismo contemporáneo. Declaró Molina en una entrevista:

“Dentro de una sociedad siempre opresiva, de estructuras morales rígidas, consumista, donde los únicos valores parecen ser los del poder, a través del dinero y de las influencias políticas, el poeta persigue otra cosa: la realización total del ser a través de la poesía” (Torres Fierro: 1986).

Un ser que en el caso de Schmidt se realiza a través de un lenguaje tramado como una mitología, generando un sistema donde cada figura dialoga con las otras y significa sólo en esa relación. Figuras que proyectan una historia a lo largo de los diferentes poemarios y que sostienen las columnas de un imaginario metafísico y verdadero. Porque lo verdadero radica en la ética que la poesía de Schmidt disemina en cada signo, y que absorbemos en cada lectura, en cada experiencia de lectura.
Admirador y estudioso del Romanticismo alemán, Schmidt nos remite a pensar en Hölderlin:

“Y como una fatalidad debemos volver a la ya eterna pregunta de Hölderlin ¿Para qué poetas en tiempos de penurias? (Elegía 248-Pan y vino) sí ¿para qué? y para qué la rosa, el tigre, la manzana? y para qué el horror, lo injusto, la mentira?
Lo que a menudo no sirven son los hombres, esta civilización, su raro acuerdo con la indiferencia a lo sublime, a lo sacramental, el complot criminal de los mediocres.
La poesía es una fuerza que sostiene al mundo.” (Extraído de su blog: http://romanticismoyverdad.blogspot.com.ar).

Brillante definición, la poesía sostiene a un mundo que de lo contrario se derrumbaría en la miseria de los discursos corrompidos y vacíos; no habría misterio, sombras ni pliegues, sino un lenguaje plano, iluminado por la farsa de un racionalismo depredador (el mismo racionalismo que dice a cada instante: guerra, civilización, máquina, éxito, show, imagen, moda, novedad). 
En una entrevista realizada en 2014, Schmidt decía:

“Yo soy creyente, en Dios, no en la iglesia. La iglesia la odio. Yo creo que vos, yo, este señor, la señora que está gritando ahí, en muchos momentos de la vida somos más grandes que nosotros. Somos más que nosotros, y más que la vida. Creo que toda esa pregunta sobre Dios, la eternidad, la muerte, el sentido del tiempo y el sentido de la vida indican eso. Ahora, lo que hay después, llamale como quieras, pero yo creo que la muerte es una puerta” (Lamberti: 2014).

Las preguntas existenciales y la posibilidad de buscar respuestas en las caras menos evidentes de la naturaleza son el eje de la poesía de Schmidt. “La muerte es una puerta” dice el poeta, y otras puertas son sus poemas, los cuales, no como lumbres racionalistas sino como pasadizos oscuros e inciertos, nos conducen a una experiencia transformadora.
Una voz que asume el riesgo de no pactar con el habla coloquial, así como tampoco con el retoricismo poético de las fórmulas repetidas, pero que mantiene un intenso diálogo con el mundo. Un mundo que se agrieta en sus poemas, un mundo cuyos discursos sociales siguen principios opuestos a esta poética: la prevalencia de lo fácil, lo cómodo, lo impactante como falacia que no desborda a “lo decible”, la amenidad del best-seller, el olvido de la tradición para “reinventar” lo viejo, etc. La poesía de Schmidt, como toda poesía digna, está al margen de conceptos mercantiles como “fácil / difícil”, “nuevo / viejo”, “popular / elitista”. Porque estas etiquetas sólo caben a los discursos predecibles, fácilmente absorbidos por los medios que monopolizan la circulación de la palabra.
En cuanto al uso del lenguaje, la metáfora es un recurso que lleva a sus límites y que llega a desgarrar: “El alma es un perro blanco que se baña”, “La voz es un perrito del lenguaje”, “adentro del lobo hay campanarios”; la reconstrucción del sentido sólo puede darse en el terreno del poema y de los poemas. Leyendo de manera suelta los textos de Schmidt podríamos caer en un vacío al no recuperar las huellas de lo dicho, o en el mejor de los casos, si la experiencia poética se hubiera producido en alguna medida, conectaríamos el poema con el afuera, nuestras lecturas y vivencias personales. ¿Pero quién podría afirmar cuál de estas lecturas es la más conveniente, la verdadera? Hay en la poesía de Alejandro Schmidt una invitación a traspasar los planteos teóricos de la crítica, una invitación a ser leída como sombra y no como materia, es decir, como una voz que emerge de más allá de los discursos corrientes y sus leyes. Lo expresa con gran belleza el poeta:

“si para escribir / un reino / una ceniza / hay que perder la casa / luchar entre fantasmas” (“El cielo roba a mis espaldas”, Mi metafísica, 2012).

El reino de Schmidt es vasto, y sus murallas se imponen a quien no esté dispuesto a enfrentar a la esfinge. “Luchar entre fantasmas”, luchar en el terreno de las sombras, no entre los cuerpos de la palabra mundana, servil al poder e “insignificante”:

“Si querés que te lean / tenés que escribir de lo insignificante” (“No es que la vida se haya vuelto inexpresable”, Mi metafísica, 2012).

Y arremete contra los poetas de la insignificancia, aquellos que en vez de aspirar a construir un reino buscan un cómodo hueco en el centro de la escena iluminada por fuegos de artificio: “detesta la Poesía a sus poetas” dice en “Verdad de lo evidente”, del poemario homónimo. Porque la Poesía con mayúscula, como aparece en el verso citado, prescinde de sus poetas, prescinde del ego de sus poetas y de las banalidades del campo literario. La Poesía es para Schmidt una experiencia más cercana a los antiguos textos sagrados que todas las culturas han construido anónima y colectivamente. Porque en esa escritura se sacraliza el mensaje y no el enunciador. Surge la divinidad en la carne de la letra, una divinidad que es el sentido ético del lenguaje: “dios se desnuda en lo imposible”, reza en “Crece el infierno”, de Verdad de lo evidente.
La voz de los poemas suele ser asumida por un yo humano: “muy cerca del Mal / mi amor y yo // vivimos” (“El alma adora morder”, Mi metafísica, 2012); “viví / lo fui quemando todo” (“Con esto”, Nace tu lámpara, 2012).
Un yo que vive y respira siempre sumergido en las palabras. Un yo que atraviesa el amor, la muerte y el tiempo con intensidad:

“si tengo que saltar hacia tu corazón y devorarlo / eso haré / el hambre me perdona” (“El lobo escucha la verdad del cielo”, Verdad de lo evidente, 2011).

“madre // la ropa que me diste / ya la gastó tu hijo / comprando tu silencio / mirame ahora como siempre / soy ese hombre que camina bajo la lluvia // pensando en tantas cosas” (“Un hombre va al trabajo”, Escuela Industrial, 2008).

En este último ejemplo, el hombre desnudo por la vida, su ropa gastada como el tiempo de la madre; un poema titulado con simpleza “Un hombre va al trabajo”, trabajo del vivir, trabajo de ser hombre.
Cada poemario de Alejandro Schmidt es una obra íntegra, con ejes definidos y con un desarrollo delineado por sus propias leyes. Cada libro, si bien dialoga como hemos dicho con el resto de su obra, presenta una búsqueda original y diferente. Desde Escuela Industrial en que el sujeto poético es un trabajador que vive los aconteceres de la escuela y su contexto como analogía del país y de la propia vida, a poemarios como Nace tu lámpara o Mi metafísica donde los seres sobrenaturales componen una mitología del alma humana, Schmidt demuestra que la poesía no es un mero pasatiempo ni un juego de taller literario.
Quizás sea posible, entre las líneas que cruzan la historia literaria argentina, ubicarlo junto a poetas como Enrique Molina, Jacobo Fijman, Aldo Pellegrini, Olga Orozco, Alejandra Pizarnik, entre otros. Todos con una particular relación con el surrealismo, con lo que el surrealismo fue en la Argentina, con el modo en que cada uno de ellos hizo del surrealismo una perspectiva. Me parece interesante citar nuevamente a Enrique Molina, porque creo coincidente su postura con la tomada por Alejandro Schmidt ante este movimiento:

[El surrealismo] “no se trata de una escuela literaria, sino de una concepción total del hombre y del universo: un humanismo poético, en cuyo centro está el hombre, no la divinidad, proyectado hacia lo absoluto, con todos los poderes implícitos en su condición” (Loustanau y Berreiro Cavestany: 1987).

Alguna vez le preguntaron a Alejandro Schmidt cómo definiría su propia poesía, y respondió: “Como un estudio de la luz, una preocupación por el mal y una larga confesión de aquello que a nadie interesa”. Estudio, preocupación y confesión. Estados de quien está alerta (en el sentido budista del término). En el prólogo a su reciente antología, Romper la vida, Irene Gruss piensa la unidad de su obra:

“Si algo reúne sus libros, creo que es el odio: esto es, la conciencia; el no perder tiempo, a la hora de escribir, en algo vano; una visión de mundo inequívoca (taladro fundamental y pozo); un punto de vista que no perderá el contraste, la dialéctica, sí, el fluir; eso que algunos llaman verdad y otros ficción; el sostener eso que algunos llaman poética y otros una razón de ser. Y a la vez y siempre, otra cosa, otra cosa; para bien de la poesía argentina” (Gruss: 2013).

La conciencia, resalta Gruss, aúna los poemarios de Alejandro Schmidt. La conciencia de un plano que no necesita someterse a la impuesta “realidad” brillante, sino que puede sostener una existencia y un decir autónomos, sin dejar de atravesar la luz de los días; proyectando una sombra, una poética de las sombras que se mueven entre lo real y lo simbólico, génesis de la representación artística, espacio donde la ley se ve alterada y lo impredecible, lo inestable (con sus temores y credos) toma relieve. Y desde allí, el poeta taladra (usando la metáfora que Irene Gruss propone en el citado prólogo), rompe, las farsantes voces del mundo y sus máscaras para abrir la vida.

 
Bibliografía


Gruss, Irene (2013). “Prólogo”. En: Schmidt, Alejandro. Romper la vida. Antología existencial. Córdoba, Ed. Nudista.

Lamberti, Luciano (2014). “Entrevista a Alejandro Schmidt”. En: https://revistapaco.com/2014/02/19/entrevista-a-alejandro-schmidt

Loustanau, Fernando y Berreiro Cavestany, Javier (1987). “Enrique Molina: A partir de cero (entrevista)” en: http://www.triplov.com/surreal/molina.html

Torres Fierro, Danubio (1986). Memoria plural. Entrevistas a escritores latinoamericanos. Buenos Aires, Sudamericana, pp. 192-193.




Diego L. García
Prof. en Letras
(Universidad Nacional de La Plata)


II Jornadas de Creación y Crítica Literaria 2014 - Centro Cultural de Cooperación Buenos Aires - Agosto 2014





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